EL GATO TUERTO


 El autor, Manuel Avilés, se ha metido de lleno en una cueva que, a ver cómo sale de ella sin que se note demasiado. Intuyo, a primera vista, que quería bordar un artículo de esos a los que ya nos tiene acostumbrados, sin pelos en la lengua, pero le ha salido toda una novela que gira en torno a unos acontecimientos bastante  tendenciosos por la carga que conlleva soportarlos, y a la, en algunos casos, prosaica judicatura, entendida esta como chabacana e insulsa, en algunos procedimientos inacabados o faltos de investigación. El autor, al que me permito la licencia de llamarlo, el abuelo cebolleta, como a sí mismo se denomina en muchos de sus artículos, jejeje, hace un análisis certero de lo que significa un procedimiento de esta índole, y lo hace de forma novelesca, como si la cosa no existiera. Uno no puede más que echarse las manos a la cabeza por ciertas licencias judiciales que se cuentan en el relato. Asistimos así a una historia que para la mayoría de los mortales es una injusticia, pero que para otros significa el castigo en su justa medida, claro, a la medida de sus propios intereses. Manuel ha sabido armar una novela perfectamente perfilada donde no faltan los reflejos de una realidad que está ahí y de la que no podemos sustraernos, pues buena parte de la raza humana lleva implícita en sus genes la maldad en toda la extensión de la palabra, y por esto mismo existe la justicia, aunque a veces esta no acierte en sus deliberaciones. La novela en sí es un cuadro general de lo que ya está ocurriendo en nuestro país referente a un tema más que escabroso y que gracias a unos estadistas que se creen por encima del bien y del mal, no está del todo bien definido. Está más que recomendada esta novela porque su autor sabe bien de lo que habla, pero más aún; sabe cómo transmitir su mensaje. Enhorabuena.

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